84 años de El Hobbit

Dentro de los cuentos de hadas (modernos) que J.R.R. Tolkien escribió (su obra de Fantasía menos «épica», por así decirlo), El Hobbit es sin duda alguna su más grande logro. Pero, ¿qué decir acerca de esta novela «para niños» que no se haya dicho ya? Quizás no haya mucho de lo que hablar, pero trataré en el espacio de esta artículo de considerar a El Hobbit desde una perspectiva en la que usualmente no se le considera: como precursor y pionero en la escritura de cuentos de hadas (modernos).

Un poco de historia

Partamos por los hechos: hoy 21 de septiembre se cumplieron 84 años desde la publicación de El Hobbit, opera prima de J.R.R. Tolkien y la obra que cimentaría su carrera literaria. Después de todo (y como se revela en El camino perdido) Tolkien estaba completando sus obras de los «Días Antiguos» —las que en ese momento incluían el Ainulindalë, El Silmarillion, los Anales de Valinor y Anales de Beleriand y las Lhammas— cuando a finales de 1937 Stanley Unwin, su editor, rechazaría una primera versión de El Silmarillion para su publicación y le pediría al autor, en cambio, una continuación para el exitoso Hobbit.

Así, Tolkien le contestó a Unwin que «consideraría el asunto» y poco antes de Navidad del ’37 le escribiría diciendo que había escrito el primer capítulo de «una nueva historia de Hobbits». Esa historia, que habría de convertirse en El señor de los anillos, alejaría al escritor de los mitos y leyendas de la Tierra Media por la mayor parte de los próximos 17 años lo que, finalmente, concluiría en que Tolkien nunca completase esa historias.

De esta manera el éxito alcanzado por El Hobbit puede verse, a la vez, como una bendición y una maldición: gracias a él tenemos El señor de los anillos pero, en gran medida por su culpa, Tolkien nunca completó su magnum opus, esa nueva mitología «dedicada a Inglaterra» en la que se había embarcado después de sufrir el horror de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y que habían sido el real motor de su producción literaria durante más de 20 años. Surge entonces la pregunta obvia, ¿valió la pena ese intercambio? Y considerando que esa respuesta reside completamente en el ámbito subjetivo, tenemos su corolario: ¿qué hizo de El Hobbit una obra tan exitosa?

Lo nuevo y lo viejo

Responder a una pregunta como la anterior equivale a caer inmediatamente en el terreno de lo meramente especulativo, la autoayuda literaria, los profetas del marketing editorial y, en el peor de los casos, en el de los descuartizadores/médicos forenses que suelen ser los críticos literarios. Aún siendo así, creo que es posible hablar de varias ideas comunes o acuerdos en torno a las cualidades de El Hobbit.

Dentro de éstas, la que suele mencionarse más a menudo es la combinación de una tradición evidentemente antigua —una que se revela claramente en los nombres de los Enanos tomados del Völuspá escandinavo, las runas e incluso la trama de la historia, sólo por mencionar algunos— con un estilo literario, a falta de una palabra mejor, definitivamente moderno. Este estilo es claramente apreciable en los comentarios del narrador, piezas intrusivas en las que se dedica a criticar a los personajes o ponerlos claramente en evidencia, e incluso en la particular elección de un «héroe» que no es ni joven ni valiente ni aventurero… o al menos no en apariencia.

Ahora, ¿qué tiene que ver esto con el éxito de la historia?

Puede que nada, pero me parece que una historia que rescata todo el potencial de las narrativas originarias (léase, mitos y leyendas) como El Hobbit tiene una oportunidad única de apelar a nuestros instintos narrativos más primitivos. Hay algo en los mapas, las runas y los «cuentos» de tierras lejanas y olvidadas que despierta un anhelo y una nostalgia en nosotres que es difícil de negar. Este fenómeno es tan poderoso e inexplicable que ha funcionado en las formas narrativas más diversas; si no, pregúntale a George Lucas y a los millones de fanátiques de Star Wars.

Por otra parte, ¿por qué no somos todes lectores de clásicos, entonces? Puede que haya muchas razones para esto, entre las que se encuentran la pésima presentación que se hace en las escuelas de estas obras, su relativa sanitización o incluso su minimización como meras reliquias históricas, pero convengamos en que incluso ignorando esos aspectos, hay un problema insalvable en todos ellos: la distancia cultural. Puede que la Humanidad no haya cambiado sus intereses narrativos en los últimos diez mil años, pero definitivamente sí ha ido evolucionando en cómo se presentan estas historias.

Así, la otra mitad de la magia de El Hobbit está en tomar esos elementos antiquísimos y presentárseles a le lectore de una manera fresca y desafiante. Mientras que otres cultores de lo clásico se decantan por imitar la forma de la épica, el romance o el cantar de gesta, Tolkien se quedó con el fondo y le dio una nueva forma, usando la novela moderna de una manera que hasta ese entonces no había sido explotada.

Como un cuento de hadas.

Érase una vez un Hobbit

Cuando pensamos en cuentos de hadas, usualmente nos acordamos de las versiones de Disney o, en el mejor de los casos, de las de los Hermanos Grimm. En la época de Tolkien, el problema era más o menos el mismo: aunque había más cercanía a los cuentos de hadas en sus formas tradicionales, la «maligna» influencia de Perrault y otros autores habían contribuido a «afrancesar» los cuentos de hadas, en la opinión del autor inglés. Este fenómeno, al que Tolkien atribuye tantos males —incluyendo el de convertir a las hadas de la Antigüedad en miniaturas a lo Campanita— había conseguido principalmente dos cosas. Por un parte, había relegado a los cuentos de hadas a las guarderías infantiles y, por otro, había hecho que el formato de estas narrativas se convirtiera en sinónimo de historias predecibles e inequívocamente no-modernas.

Aunque creo que a Tolkien no podría haberle importado menos ser moderno, sí es verdad que su interés literario siempre pasó por un rescate de lo tradicional. En este sentido, el británico era dolorosamente consciente de que los «literatos» habían cometido un error fundamental al despreciar las formas clásicas en pro de su alabanza de todo aquello que pareciese moderno. Así, el escenario para el Profesor de Oxford era indudablemente desesperanzador: o someterse a las corrientes modernas o verse obligado a crear material meramente académico.

Y fue aquí donde providencialmente apareció El Hobbit.

Porque el aire que distingue a El Hobbit de, por ejemplo, Peter Pan —otro clásico cuento de hadas moderno— es que la aventura de Bilbo Bolsón toma sus fuentes en las raíces más antiguas del cuento de hadas, antes de la fórmula del «Érase una vez» y el «vivieron felices para siempre». 

O, en otras palabras, antes del «afrancesamiento» de esta forma literaria.

Así, el estilo que Tolkien cultiva en esta obra —por un lado moderno en su manera de presentar la historia y clásico en sus elementos— es realmente un ejemplo de cómo escribir un cuento de hadas que tenga todo lo que distingue a un cuento de hadas clásico y, a su vez, que esté empapado de la misma novedad que esperamos de cualquier obra relevante de nuestra época. 

En este sentido, Tolkien logró derrotar la disyuntiva entre lo clásico y lo moderno mediante una tercera vía. Una que le permitió rescatar los valores clásicos sin perder la posibilidad de pasarles ese amor por lo antiguo a una audiencia tan amplia y diversa como la de los cuentos de hadas.

P.S.: La versión original de este artículo fue escrita en septiembre 2014 para el (difunto) sitio web Fantasía Austral. Sólo he actualizado parte de la escritura para hacerlo más claro pero es, en esencia, el mismo artículo.


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