Fan Fiction de la Tierra Media: El viaje

Nací en la ciudad escondida, en el refugio de la esperanza: Gondolin la Bella, la de siete nombres, la que fundó nuestro señor Turgon para escapar de la sombra y dar refugio a los desposeídos, y así continuar la lucha contra el Enemigo.

Como mis hermanos y hermanas, nací en el fuego de las profundidades de la tierra y templé mi cuerpo en los altos picos de las Montañas Circundantes. Siendo muy joven me probé en batalla y derrame la sangre de los Orcos, siendo siempre motivo de orgullo entre los míos y camarada fiel de mis compañeros de armas.

Hasta la caída.

Triste es la canción y ni todas las Edades del mundo podrían hacerme olvidar los horrores que allí contemplé, pero basté con decir que si no caí en batalla junto a tantos otros guerreros que ese día se marcharon a Mandos, no fue por falta de empeño. Luché todo el tiempo que pude, contra Orco, Balrog y Dragón… Hasta que la oscuridad se apoderó de mí.

Cuando sentí una mano posarse sobre mí, pensé que al fin podría recibir algo de ayuda pero, ¡ay!, no estaba escrito en mi destino que así fuese. En cambio, esa extremidad deformada pertenecía a uno de los sirvientes del Enemigo, el que me tomó para sí como su prisionera y esclava. Así fue como comenzó mi triste historia a manos de quienes había jurado que caerían bajo mi filo, donde fuera que los encontrase.

Larga y penosa fue nuestra marcha, prisioneros todos, cada cual deseando más que la muerte nos hubiese llevado antes que tener que vivir un día más bajo la sombra. Sin embargo, derrotados como estábamos, aún podía ver en las expresiones de mis camaradas que sí, podíamos ser obligados a servir y luchar, pero que nunca lograrían dominarnos ni quebrar nuestra voluntad. Quienes nos habían formado nos habían dado una buena enseñanza y, si no podíamos vencer, al menos haríamos grandes daños en todos quienes nos poseyeran y tuviesen un corazón manchado por la oscuridad.

Así fue como llegamos a las puertas de la muerte, al centro de la corrupción y el odio: Angband, lugar de tinieblas y miseria, corazón putrefacto de la fortaleza oscura e impenetrable del Bauglir, donde pasaríamos la primera parte de nuestra condena.


¿Qué puedo decir de nuestro tiempo en aquel horripilante lugar?

En un comienzo hubo festines y celebraciones por el gran triunfo y, aunque nunca estuve en su presencia, los generales comentaban que su Señor estaba feliz y reía a carcajadas por lo esplendido de su estratagema.

Incluso en esas cenas yo, junto con mis hermanas, fuimos sorteadas como trofeos y hasta se nos dieron nuevos nombres. Grande fue entonces nuestra humillación cuando nos obligaron a probar la carne de otros prisioneros, dignos compañeros de armas que también sufrían bajo el yugo del Enemigo.

No pasó mucho tiempo hasta que estas miserables criaturas intentaran corrompernos y ponernos a su servicio en la guerra, mas grande fue su sorpresa al descubrir que nuestros aceros permanecían perpetuamente mellados, incapaces de producir mayores daños. Hubo algunos que proclamaron que lo mejor sería quebrarnos definitivamente, pero ninguno de nuestros dueños quiso perder su trofeo de guerra. Como resultado, fuimos encerradas en las mazmorras más profundas, condenadas al olvido y la oscuridad perpetua. Pero incluso en nuestra hora más desesperada, ninguna perdió la esperanza…

… La que nos fue ampliamente recompensada con la llegada de los Valar y la Guerra de la Cólera.


Teníamos que ser las únicas felices y brillantes en medio del pánico que se apoderaba del Enemigo y sus engendros, y grande era en verdad nuestra osadía, porque añorábamos ser parte de aquel triunfo tan largamente esperado. Quizás fue por culpa de nuestro orgullo desmedido que Ilúvatar dispuso que ese no fuese el final de nuestra historia.

Porque, en medio de la hecatombe que se desataba en la superficie, un grupo de sirvientes menores se apoderó de nosotros y nos obligó a escapar con ellos. Y aunque nos rebelamos y probamos su carne con nuestros aceros ahora renovados, en vano intentamos torcer aquello que estaba escrito; fuerte era el pellejo de estas criaturas y, ante nuestro asombro, sus heridas se regeneraban hasta hacer desaparecer nuestros cortes. A la sazón supimos que estábamos realmente condenadas y aceptamos nuestro destino de una vez por todas.

Otra larga marcha fue la que nos devolvió al mundo exterior, pero estas viles criaturas nos privaron de ver la luz, tanto le temían al astro mayor (y, espero, a nuestro fiero empeño por acabar con ellas).

Entonces vino un tiempo de decadencia y olvido, en que fuimos pasadas de mano en mano sin que ninguno de nuestros dueños estuviese cerca de ser legítimo. Porque fue la época del surgimiento de otro males, pequeños en comparación al Enemigo del Mundo, pero grandes para quienes ahora tenían que hacerles frente. Y fuimos esclavas de Orcos y Hombres corruptos por la sombra… hasta que tres ladrones se hicieron conmigo y dos de mis hermanas, y nos llevaron en su escape.


—¿Por qué tenías que robarlas? —dijo uno.

—Porque no puede hacer nada sin echarlo a perder, ¿o no, Guille? —añadió otro.

—¡Silencio, Berto! —dijo el aludido—: Deberían agradecerme por habernos salvado de una muerte segura. Además, ellas nos servirán bien —agregó, refiriéndose a nosotros—. Ahora, ¡síganme!

Y así fue como abandonamos las tierras del norte y nos internamos en parajes que nunca habíamos visto. Estas monstruosidades que huían de la luz viajaban sólo de noche y de día se escondían en cavernas en donde devoraban a sus pobres víctimas, fuesen hombres o bestias, durmiendo al lado de sus restos y otras suciedades.

Además de estas y otras incomodidades, yo y mis hermanas teníamos que escuchar sus eternas discusiones acerca de qué debían hacer, dónde debían ir o por cuánto tiempo debían seguir escapando. ¡Cualquiera que los hubiese escuchado habría perdido la razón, se los digo!

Fue por ello que agradecimos que, al caer el sol de este día, los tres decidieran salir a cazar algo que comer. Por supuesto que ni siquiera en eso podían ponerse de acuerdo, porque Berto quería comer hombres y Tom lo apoyaba, todo con tal de oponerse a Guille y sus planes. Cuando al fin se decidieron a cazar lo que encontraran, una nueva discusión se desató en torno a qué harían con nosotras. Finalmente, Guille decidió que sería mejor ocultarnos en caso de cualquier problema y, temiendo que los otros dos lo traicionaran, le puso llave a la puerta de piedra que bloqueaba la entrada de la caverna, guardándosela en el bolsillo y riendo mientras se alejaba.

Y así nos dejaron a mí y a mis hermanas, Glamdring y Orcrist, encerradas nuevamente y esperando que nuestro destino nos pusiera en manos de portadores dignos de nuestro filo, forja y bravura.

P.D.: Esta historia fue escrita en 2013 y premiada en un pequeño concurso de un Smial de la Sociedad Tolkien Chilena. Lo presento aquí sin mayores cambios a la versión que envié al concurso.


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